Hoy en la presentación del proyecto había dos putazas orondas sentadas hacia el final, de aquellas que se sienten maduras por falta de alternativa social, vistiendo como secretarias horteras ya a estas alturas. En lugar de escuchar las presentaciones (o simplemente hacer crucigramas) se dedicaban a señalar a la gente y reírse de actitudes y vestimentas, probablemente, o algo cruelmente similar. Estas dos sepias gigantes resulta que presentaron la semana pasada en el turno de su grupo, y por muy enfundadas - o embutidas - en chaqueta de traje que fueran, cayeron en el mismo ridículo lodazal que todos, incluso reahogadas por su autosuficiencia de gafapasta charnega.
Ese día pero, nadie se rió. Y si hoy su pasatiempo ya me parecía feo desde la audiencia, cuando el turno de mi grupo me ha ofrecido la perpectiva de la palestra, lo visceral ha venido a mí cual aparición de la virgen. El contraste quemaba la foto cuando el resto de oyentes escuchaba expectante con el respeto de quien se sabe al mismo nivel, gente corriente esforzándose, y las truchas hormonadas dale que dale al cuchicheo.
He visto en buen ángulo cómo los pobres de mi grupo, con paladar estadounidense para la vestimenta, se les victimizaba en la distancia. Ellos no se han dado cuenta, pero me ha jodido igual, y aunque yo no haya recibido miraditas ni dedos índice, más les valía, o llamadme Emilio Tucci, me ha cabreado y sabido mal por ellos. Malditas adefesias churrascosas. No puedes reírte de los rubios si eres rubio. Y me ha apetecido mucho acercarme al micro y decirles 'Shut up, bitches!' con fuerte acento de rapero negro, para que se fueran ofendidas a comer pastelitos de manteca de cacahuete.
Hay días que no tolero.

